Éramos niños y solo nos importaba moverla la Redonda
Publicado por Carlos el 7/4/2010 (206 lecturas)
En todas las culturas, en todos los continentes y en todos los tiempos, la pelota ha estado presente en los juegos y deportes. Sin embargo, fue el fútbol el que la llevó a ser un objeto casi mágico. Claro que ahora los balones son mucho mejores, la tecnología y el tiempo los hizo evolucionar, hasta el punto de volverlos perfectas y casi inteligentes.
En estos tiempos al balón o pelota lo llaman, “la de cuero”, “la esférica”, “la redonda”, “la gordita” suena cursi, pero por lo menos en mis tiempos futboleros no siempre la pelota fue sintética, la mayoría de las veces mis pichangas de escuelero fueron con una pelota de cuero, que está en vías de extinción, eran con blader de jebe y pichina (pitón), tenían unos pasadores como zapato y con él, además de cerrar el balón, se ataba la pichina para que no se desinflara. Es así que en la parte del ajuste de la pelota, siempre quedaba un bulto como un chupo y cuando uno tenía la mala suerte de cabecear justo en ese lugar, la pelota se llevaba un poco de tus cabellos o te dejaba un raspetón, que a uno le quedaban pocas ganas de meter un gol de mitra, peor aún si la pelota se encontraba húmeda. Eran de quince cocos y generalmente de colores blanco y negro, no era fácil jugar con ellas, porque eran medias “Wincos-ovaladas” a veces uno quería pegarle al arco, pero la caprichosa pelotita salía en dirección al lateral como no queriendo inflar las redes del contrincante.
Además de esto no solo la pelota fue imperfecta, también lo fue los zapatos de futbol o chimpunes, pues estas en tiempos pasados eran de cuero crudo no muy refinado, con cocadas de suela recortado y sujetadas a la planta del zapato en pares con clavo metálico. Es más, pienso que todo futbolero de ayer, tiene que haber “chuteado” con una de esas a la redonda de cuero, sino, es un simple aprendiz.
Pero no sólo de esas se ve obligado a patear un niño que se iniciaba en este deporte popular del gol y que como grado iniciativo tenia que pasar por diferentes etapas, como pelotear o jugar la pichanguita con una pelota de trapo, confeccionadas de las medias de nylon mas viejas y remalladas, rellenadas con harto trapo por dentro, todo esto sacadas del cajón de la hermana, ahí ya era difícil lucirse, ahí no importaba ni técnica ni nada, sólo patear el envoltorio hasta lograr hacer un gol, cosa que podía no suceder a lo largo de todo un recreo o una tarde.
Éramos niños, y sólo nos importaba moverla la pelota. No nos interesaba nada más. ¿El estudio? ¿El lonche? ¿Los vitrales de la vecina? Nada!, nos interesaba la pelotita, el jugar en el descampado de tierra y ripio que servía de garaje por las noches, sin camisetas y descalzos. ¿Éramos felices? ¡Pero claro que éramos felices! Si nos pasábamos horas y horas jugando, esos partiditos interminables que terminaban con un rosario de goles y por que el Intitayta (Dios sol), se había retirado de nuestro escenario para esconderse en el ocaso.
Claro que todo era alegría y felicidad mientras se protagonizaba esas pichanguitas. Todo vacan hasta que alguien pateaba la pelota e iba a parar a la casa de “Fico”, nuestro socio de pichanguitas, Fico vivía a un extremo de nuestra canchita de futbol y era conocido mas por su apodo del “Pituquito”. Sin embargo, a quien todos conocían muy bien era a su abuela o la “Loca Martina”. Ya sea porque les desinflo a muelazos de perro una pelota, o porque un día incendio los finos zapatos y camisetas de futbol de su hijo adoptivo Fico, como advertencia para que no jugara mas el fútbol. La loca Martina argumentaba que había educado a Pituquito bajo una estricta formación católica para que fuese persona de bien no un pelotero, pero que las malas compañías terminaron corrompiéndolo. Entonces decidió mantener a Pituquito aislado del resto del mundo. Salvo por las clases en nuestro prestigioso colegio centenario, Fico no podía relacionarse con nadie. Con el tiempo nadie más sabía que ocurrió en la vida de nuestro socio de la pelota.
Se dice que la “Loca Martina” estaba a punto de casarse con un apuesto pelotero foraneo menor que ella, al cual lo tenía engatusado y el día de su boda cuando ella esperaba al novio en el altar vestida con el más hermoso y lujoso vestido de nupcias, el futuro esposo enrumbaba hacia otra ciudad, al descubrir que su prometida Martina era una jugadora, pues una noche anterior a la boda y por chismes de sus amigos descubrió a Martina en la taberna de un burdel, vestida con falda mini, escote súper ajustada a punto de reventar y altos tacones; libando licor en la barra y ofertando sus atributos íntimos a los parroquianos que concurrían al lugar en busca de caricias y placer.
Nadie sabe a ciencia cierta qué más ocurrió en la vida de Martina el día en que la dejaron plantada ante el altar: Pero se dice que entre su vergüenza y humillación por el abandono, entre los murmullos de la gente, sólo alcanzaba a oír “Pobrecita, tan bonita y la engañaron”, y después salió de la iglesia, desvalida, con la cabeza gacha y la espalda encorvada. Al llegar a casa, se encerró en su habitación, abrió la cortina y clavó sus tristes y llorosos ojos azules, en aquel cielo azul serrano que divisaba desde su ventana, y en la soledad y los tristes recuerdos que le quedaron de aquel día, ella juro ante una imagen de la “Mamacha Carmen” vengarse del traidor y de los hombres, afirmándolo con sangre extraída de sus venas. Posteriormente enloqueció la bella y esbelta mujer por el amor de un pelotero.
Eran muchas las creencias y pocas las verdades, entre las verdades estaba el hecho de que odiaba a los hombres, incluidos los felices niños. Además esta el hecho de que vestida de rojo, incluido zapatos y maquillaje asistía los domingos a misa e iba al estadio para ver los partidos que disputaba Cienciano, aun con la esperanza de encontrar a su amado. También estaba el hecho de que si la pelota caía en su chalet o peor si rompías el vidrio de su ventana, tu pelota pasaba a la otra vida. Podía tener distintos finales, como ver disfrutar a la “Loca” destruyéndose la redonda en las fauces de su perro doberman ante la atónita e impotente mirada de los niños.
Es así que ahora que ha pasado mucho tiempo desde que deje aquel barrio Santiago, por lo tanto el de jugar con mis amigos, aun de vez en cuando vuelvo a visitar aquel lugar maravilloso y misterioso, y a veces creo ver la imagen de aquella “Loca” hermosa y bella mujer de pelo negro azabache y abundante, que de mirarla daban ganas de acariciarla. Y oír las puteadas y carcajadas recordándome que la pelota ya fue.
En estos tiempos al balón o pelota lo llaman, “la de cuero”, “la esférica”, “la redonda”, “la gordita” suena cursi, pero por lo menos en mis tiempos futboleros no siempre la pelota fue sintética, la mayoría de las veces mis pichangas de escuelero fueron con una pelota de cuero, que está en vías de extinción, eran con blader de jebe y pichina (pitón), tenían unos pasadores como zapato y con él, además de cerrar el balón, se ataba la pichina para que no se desinflara. Es así que en la parte del ajuste de la pelota, siempre quedaba un bulto como un chupo y cuando uno tenía la mala suerte de cabecear justo en ese lugar, la pelota se llevaba un poco de tus cabellos o te dejaba un raspetón, que a uno le quedaban pocas ganas de meter un gol de mitra, peor aún si la pelota se encontraba húmeda. Eran de quince cocos y generalmente de colores blanco y negro, no era fácil jugar con ellas, porque eran medias “Wincos-ovaladas” a veces uno quería pegarle al arco, pero la caprichosa pelotita salía en dirección al lateral como no queriendo inflar las redes del contrincante.
Además de esto no solo la pelota fue imperfecta, también lo fue los zapatos de futbol o chimpunes, pues estas en tiempos pasados eran de cuero crudo no muy refinado, con cocadas de suela recortado y sujetadas a la planta del zapato en pares con clavo metálico. Es más, pienso que todo futbolero de ayer, tiene que haber “chuteado” con una de esas a la redonda de cuero, sino, es un simple aprendiz.
Pero no sólo de esas se ve obligado a patear un niño que se iniciaba en este deporte popular del gol y que como grado iniciativo tenia que pasar por diferentes etapas, como pelotear o jugar la pichanguita con una pelota de trapo, confeccionadas de las medias de nylon mas viejas y remalladas, rellenadas con harto trapo por dentro, todo esto sacadas del cajón de la hermana, ahí ya era difícil lucirse, ahí no importaba ni técnica ni nada, sólo patear el envoltorio hasta lograr hacer un gol, cosa que podía no suceder a lo largo de todo un recreo o una tarde.
Éramos niños, y sólo nos importaba moverla la pelota. No nos interesaba nada más. ¿El estudio? ¿El lonche? ¿Los vitrales de la vecina? Nada!, nos interesaba la pelotita, el jugar en el descampado de tierra y ripio que servía de garaje por las noches, sin camisetas y descalzos. ¿Éramos felices? ¡Pero claro que éramos felices! Si nos pasábamos horas y horas jugando, esos partiditos interminables que terminaban con un rosario de goles y por que el Intitayta (Dios sol), se había retirado de nuestro escenario para esconderse en el ocaso.
Claro que todo era alegría y felicidad mientras se protagonizaba esas pichanguitas. Todo vacan hasta que alguien pateaba la pelota e iba a parar a la casa de “Fico”, nuestro socio de pichanguitas, Fico vivía a un extremo de nuestra canchita de futbol y era conocido mas por su apodo del “Pituquito”. Sin embargo, a quien todos conocían muy bien era a su abuela o la “Loca Martina”. Ya sea porque les desinflo a muelazos de perro una pelota, o porque un día incendio los finos zapatos y camisetas de futbol de su hijo adoptivo Fico, como advertencia para que no jugara mas el fútbol. La loca Martina argumentaba que había educado a Pituquito bajo una estricta formación católica para que fuese persona de bien no un pelotero, pero que las malas compañías terminaron corrompiéndolo. Entonces decidió mantener a Pituquito aislado del resto del mundo. Salvo por las clases en nuestro prestigioso colegio centenario, Fico no podía relacionarse con nadie. Con el tiempo nadie más sabía que ocurrió en la vida de nuestro socio de la pelota.
Se dice que la “Loca Martina” estaba a punto de casarse con un apuesto pelotero foraneo menor que ella, al cual lo tenía engatusado y el día de su boda cuando ella esperaba al novio en el altar vestida con el más hermoso y lujoso vestido de nupcias, el futuro esposo enrumbaba hacia otra ciudad, al descubrir que su prometida Martina era una jugadora, pues una noche anterior a la boda y por chismes de sus amigos descubrió a Martina en la taberna de un burdel, vestida con falda mini, escote súper ajustada a punto de reventar y altos tacones; libando licor en la barra y ofertando sus atributos íntimos a los parroquianos que concurrían al lugar en busca de caricias y placer.
Nadie sabe a ciencia cierta qué más ocurrió en la vida de Martina el día en que la dejaron plantada ante el altar: Pero se dice que entre su vergüenza y humillación por el abandono, entre los murmullos de la gente, sólo alcanzaba a oír “Pobrecita, tan bonita y la engañaron”, y después salió de la iglesia, desvalida, con la cabeza gacha y la espalda encorvada. Al llegar a casa, se encerró en su habitación, abrió la cortina y clavó sus tristes y llorosos ojos azules, en aquel cielo azul serrano que divisaba desde su ventana, y en la soledad y los tristes recuerdos que le quedaron de aquel día, ella juro ante una imagen de la “Mamacha Carmen” vengarse del traidor y de los hombres, afirmándolo con sangre extraída de sus venas. Posteriormente enloqueció la bella y esbelta mujer por el amor de un pelotero.
Eran muchas las creencias y pocas las verdades, entre las verdades estaba el hecho de que odiaba a los hombres, incluidos los felices niños. Además esta el hecho de que vestida de rojo, incluido zapatos y maquillaje asistía los domingos a misa e iba al estadio para ver los partidos que disputaba Cienciano, aun con la esperanza de encontrar a su amado. También estaba el hecho de que si la pelota caía en su chalet o peor si rompías el vidrio de su ventana, tu pelota pasaba a la otra vida. Podía tener distintos finales, como ver disfrutar a la “Loca” destruyéndose la redonda en las fauces de su perro doberman ante la atónita e impotente mirada de los niños.
Es así que ahora que ha pasado mucho tiempo desde que deje aquel barrio Santiago, por lo tanto el de jugar con mis amigos, aun de vez en cuando vuelvo a visitar aquel lugar maravilloso y misterioso, y a veces creo ver la imagen de aquella “Loca” hermosa y bella mujer de pelo negro azabache y abundante, que de mirarla daban ganas de acariciarla. Y oír las puteadas y carcajadas recordándome que la pelota ya fue.
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